5 oct. 2008

Fotocopia

Uno no puede esperar tanto para hacer un trámite -dije-. La cola es siempre la misma o cada vez más larga. Mis compañeritos de fila hablando del clima y yo asintiendo. Allá adelante la clásica señora que se queja porque escuchó mal, elige la violencia a la paciencia. Atrás de ella sigue el señor al que hay que explicarle todo dos veces. Atrás de él viene ese que va a tardar mucho tiempo, porque lleva una carpeta gorda con varios trámites. Adelante mío un petiso narigón se saca la cera de una oreja mientras lee un papelito que parece ser "el papelito explicativo para ir a hacer trámites". Era un papelito erróneo. Su creador había olvidado el primer y más pesado de los pasos: Hacer la cola, hacer fila o, simplemente, esperar.
Entendí, al fin, por qué la fila no avanzaba y el tiempo pasaba tan rápido.
Pensar en la fila. Pensar en la posibilidad de pensar la fila. Pensar si la fila era una creación del pensamiento o era real. Pensar en lo real. Pensar la realidad me había hecho tomar una postura tan peculiar que ahora entiendo por qué no avanzo. Por qué hace rato que no avanzo.
Apenas llegué era el último. Pero, haciendo cuentas, hacía 20 años que era el último. Esto no podía seguir pasando. Estaba yo como escoltando al último, siempre acompañándolo. Interactuando con él. Detéstandolo o simplemente envidiándolo por su posición privilegiada. Ser escolta del último me convertía en el último y jamás lo había pensado así.

Disculpe señora -dije-, estaba yo primero.

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